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Entrevista a EUGÈNIA SALVADOR

 Fragmento de “El conde de Montecristo”. Alexandre Dumas.
 El 24 de febrero de 1815, el guardia de Notre Dame de la Garde hizo la señal para indicar que había vislumbrado
los tres palos del bergantín Faraón, que llegaba de Smirna, Trieste y Nápoles. Como de costumbre, el práctico
salió fuera del puerto, pasó rozando el castillo de If y abordó el barco entre el Cabo de Morgio y la isla de Rion.
 Enseguida, como era habitual, la explanada del fuerte Saint-Jean se llenó de curiosos, porque siempre es una
gran noticia la llegada de un barco, y más cuando se trata del Faraón, construido, armado y botado en los astille-
ros de la antigua Phocée y propiedad de un armador de la ciudad.
 El bergantín avanzaba y ya había pasado el estrecho que alguna sacudida volcánica ha abierto entre las islas de
Calasareigne y Jaros, había bordeado Pomègue y avanzaba bajo sus tres gavias, su gran foque y su vela de mesa-
na, pero tan lentamente y con tan triste andadura que los curiosos, con ese instinto que presiente la desgracia,
se preguntaban qué accidente podía haber ocurrido a bordo.
 Fragmento de “El conde de Montecristo” adaptado a LF.
 Adaptación de Nils Olof Franz
 El 24 de febrero de 1815,
 un barco francés llegaba al puerto de Marsella,
 en el sur de Francia.
 El nombre del barco era Faraón.
 Cerca del piloto que guiaba el barco hacia el puerto,
 había un joven marinero, apoyado en la barandilla.
 No tenía más de 20 años.
 Era alto y delgado,
 tenía unos hermosos ojos oscuros
 y el cabello negro.
 Parecía fuerte y decidido.
 Su nombre era Edmundo Dantés.

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